Hay cosas que no tienen razón de ser y, hoy por hoy, creo que son las emociones. En menos de un minuto nuestro cuerpo nos manda miles de señales que no alcanzamos a comprender.
Aparecen cuando menos te lo esperas, te llenan y eres incapaz de sacarlas de ti. Están ahí. Permanentemente. Pinchando. Provocando.
Quieren que hagamos, digamos o pensemos cosas y no podemos evitarlo. Es una orden interna que no hemos elegido.
Durante algún tiempo esta elocuencia de los ojos, más rápida y expresiva que la del lenguaje, fue el único y discreto intérprete de nuestros deseos.
Y ahí entra en juego lo de siempre, ¿es el destino el que elige por nosotros? ¿o es simple casualidad?
Puede que todo sea una cadena de acontecimientos que caen como piezas de dominó. A veces lo vemos venir, imparable... una tras otra las piezas van cayendo y se acercan cada vez más hasta llegar a donde nos encontramos.
Otras veces no somos conscientes de lo que sucede hasta que estamos metidos por completo en ello.
Y despertamos con el paso de los días siempre buscando una figura en la cama que no está. Pisamos el suelo, el mundo real, para darnos cuenta de que ya sea el destino o la casualidad... nos odia.
Y despertamos con el paso de los días siempre buscando una figura en la cama que no está. Pisamos el suelo, el mundo real, para darnos cuenta de que ya sea el destino o la casualidad... nos odia.
Quiero rodearme de otros tactos, otros olores, otras caricias. Y no puedo porque lo que busco está demasiado lejos. Y nos convertimos en emociones completamente intangibles, surrealistas, sin ningún tipo de lógica o explicación racional. Nos convertimos en víctimas de nuestra propia química, de nuestras conexiones neuronales, nuestras hormonas o nuestro corazón.
Solo sé que no puede remediarse. No puedes encontrarle una explicación a que todo suceda a la velocidad de la luz. Unos tardan años en conocerse, otros en dos días sentimos que ya conocemos a la otra persona, aunque sea imposible, aunque jamás se cruzara una mirada.
Creo que esa es la emoción en la que se basa todo lo demás. La sensación de comodidad que te hace sonreír cuando te toman la mano en el sofá o cuando te miran y ven algo que ni siquiera tú puedes ver en ti mismo.
Es ese extraño segundo en el que te descubres no queriendo decir adiós, no queriendo dar el último beso o mirar por última vez. Y llega ese escalofrío cuando esperas algo que tarda en llegar y te planteas: ... si corro... aun podría tomarte y besarle una última vez. Pero no lo haces, no lo hice. Y creo que fue lo mejor... porque habría sido aun más difícil despedirse. Ahora me pregunto cuál es el verdadero significado del Adiós que no quiere ser nombrado. Si no quieres despedirte... ¿Qué quiere decir? ¿que prefieres pasar frío en la calle a cambio de que te abrace sin soltarte durante horas? ¿o que te da miedo que después de despedirte te des cuenta de que todo ha sido algo efímero, pasajero, sin más trasfondo que el de un bonito recuerdo?
Lo peor es pensar: ¿soy tan típica como para soñar con historias que empiezan así? Pero vuelvo la vista atrás y le veo mirándome, sonriendo sin saber muy bien porqué.
Últimamente siento la necesidad de olvidar detalles y remarcar otros. Olvidar kilómetros, recordar besos. Olvidar tiempo, recordar miradas. Ojalá pudiéramos controlar el espacio tiempo, decidir dónde estar, con quién y por cuánto tiempo. No sé cómo se ve desde fuera o desde el otro punto de vista interno, solo puedo saber lo que yo vi, sentí y creí. Mis manos aun notan la forma de sus hombros, mis labios el tacto de los suyos y solo quiero pensar que aunque dije Adiós, no lo fue de verdad.