Seamos liberales con el gusto, y no molestemos a los demás (ni dejemos que nos moleste nadie): el gusto es el gusto, libre, puro, inocente, a cada uno le gusta lo que le gusta y no hay mucho más por decir. Lo que se abre a partir del gusto es un camino personal de disfrute y crecimiento. El juicio estético que se pretende universal traba esta dimensión primordial de la relación con la belleza. Asumamos una completa y total libertad de gustos.
El gusto no se inventa, uno no decide qué le debe gustar. El gusto no es un deber, es un suceso, como la lluvia, algo que pasa, sin responsabilidad. El gusto es fatal, nos gusta lo que nos gusta, y punto: algo nos da placer. Muchos creen, o todos hemos creído en algún momento de la vida, que el gusto es una posición tomada. Que hay que defender el gusto propio por sobre los gustos ajenos, probar que uno tiene razón en gustar de lo que gusta. Nada más absurdo, nada más contrario a la vivencia y sentido del gusto. El gusto no es moral, es un mero testimonio de lo que nuestra sensibilidad siente afín y de lo que le parece disfrutable.
El gusto cambia, debe cambiar. Hay que abrirle las puertas a esa mutación de los placeres, para que estos puedan tener lugar. Vale más el desarrollo del gusto, su metamorfosis arbitraria, libre, que la permanencia a una fidelidad a los amores del principio. Para que el amor viva, los amores parciales deben morir. Deben, algunos, dejarle paso a otros.
Es importante que prestemos atención a estos cambios, no para enjuiciarlos, ni para aprender a gustar de “lo bueno”, sino para vivir con la mayor libertad posible las vicisitudes de nuestra percepción estética y emotiva (son lo mismo, observado desde distintos lugares). Sólo así vamos a permitirnos la libertad necesaria para que el proceso se viva de manera que pueda cumplir su función, que no es otra que la de vehiculizar la necesaria mutación individual.